Que cuando una cosa yace inmóvil, a no ser que otra cosa la mueva, permanecerá inmóvil para siempre, es una verdad que nadie pone en duda.
Pero que cuando una cosa está en movimiento, estará eternamente en movimiento, a menos que otra cosa la detenga, aunque la razón sea la misma (a saber, que nada puede cambiarse a sí mismo), no se acepta tan fácilmente.
Pues los hombres miden, no solo a los demás hombres, sino a todas las demás cosas, a partir de sí mismos; y como se encuentran a sí mismos sujetos al dolor y a la lasitud después del movimiento, piensan que cualquier otra cosa se cansa del movimiento y busca el reposo por propia voluntad; sin considerar apenas si aquello en que consiste ese deseo de reposo que hallan en sí mismos no será algún otro movimiento.
De aquí proviene que las Escuelas digan que los cuerpos pesados caen hacia abajo por apetito de reposo, y para conservar su naturaleza en el lugar que les es más propio; atribuyendo absurdamente apetito y conocimiento de lo que es bueno para su conservación (lo cual es más de lo que el hombre tiene) a las cosas inanimadas.
Cuando un Cuerpo se halla una vez en movimiento, se mueve (a menos que otra cosa lo estorbe) eternamente; y todo lo que lo estorba, no puede extinguirlo al instante, sino con el tiempo y por grados: Y así como vemos en el agua que, aunque el viento cese, las olas no dejan de agitarse durante mucho tiempo después; así también ocurre con aquel