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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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Table of Contents

XV

“Por la experiencia —dice Roger Ascham—, descubrimos un atajo a través de un largo rodeo”.

No pocas veces ese largo rodeo nos incapacita para seguir viajando, ¿y de qué nos sirve entonces nuestra experiencia? La experiencia de Tess Durbeyfield fue de esta índole incapacitante. Por fin había aprendido qué hacer; pero ¿quién aceptaría ahora sus actos?

Si antes de ir a lo de los d’Urberville se hubiera movido con energía bajo la guía de varios textos y frases gnómicas conocidas por ella y por el mundo en general, sin duda nunca se habrían aprovechado de ella. Pero no había estado en el poder de Tess —ni está en el poder de nadie— sentir toda la verdad de las opiniones áureas mientras es posible sacar provecho de ellas. Ella —y cuántos más— podría haberle dicho irónicamente a Dios con San Agustín: «Tú has aconsejado un curso mejor de lo que has permitido».

Permaneció en la casa de su padre durante los meses de invierno, desplumando aves, o engordando pavos y gansos, o haciéndole ropa a sus hermanos y hermanas con unos atavíos que d’Urberville le había regalado y que ella había guardado con desprecio.

Recurrir a él, no lo haría. Pero a menudo juntaba las manos detrás de la cabeza y se quedaba pensando cuando se suponía que debía estar trabajando duro.

Ella observaba filosóficamente las fechas a medida que pasaban en la revolución del año; la desastrosa noche de su perdición en Trantridge con el oscuro fondo de The Chase; asimismo las fechas del nacimiento y muerte del bebé; también su propio cumpleaños; y cualquier otro día individualizado por incidentes en los que ella había tomado alguna parte.

Una tarde, al mirarse la tersura en el espejo, pensó de repente que había aún otra fecha, de mayor importancia para ella que las anteriores; la de su propia muerte, cuando todos esos encantos habrían desaparecido; un día que yacía agazapado e invisible entre todos los demás días del año, sin dar señal ni sonido cuando ella lo cruzaba anualmente; pero no por ello menos firmemente allí.

¿Cuándo sería? ¿Por qué no sentía el escalofrío de cada encuentro anual con un pariente tan frío?

Tenía presente el pensamiento de Jeremy Taylor de que en algún momento del futuro quienes la habían conocido dirían:

«Es el — de —, el día en que murió la pobre Tess Durbeyfield»;

y la afirmación no tendría nada de singular para sus mentes.

De aquel día, condenado a ser su término en el tiempo a través de los siglos, no conocía el lugar en el mes, la semana, la estación o el año.

Casi de un salto, Tess se transformó así de simple muchacha en mujer compleja. Síntomas de meditación se reflejaron en su rostro, y un matiz de tragedia a veces en su voz. Sus ojos se hicieron más grandes y más elocuentes.

Llegó a ser lo que se habría calificado como una hermosa criatura; su apariencia era bella y cautivadora; su alma, la de una mujer a quien las turbulentas experiencias del último año o dos no habían logrado en absoluto desmoralizar. A no ser por la opinión del mundo, aquellas experiencias habrían sido simplemente una educación liberal.

Se había mantenido tan al margen últimamente que su desgracia, de la que nunca se había sabido gran cosa, estaba casi olvidada en Marlott. Pero le era evidente que jamás volvería a sentirse a gusto en un lugar que había presenciado el fracaso del intento de su familia por «reclamar parentesco» —y, a través de ella, una unión aún más estrecha— con los ricos d’Urberville. Al menos no podría estar a gusto allí hasta que pasaran largos años que borraran su aguda conciencia del asunto. Sin embargo, aun ahora, Tess sentía latir una vida esperanzadora todavía cálida en su interior; podría ser feliz en algún rincón que no guardara recuerdos. Huir del pasado y de todo lo que a él se refería era aniquilarlo, y para lograrlo tendría que marcharse.

¿Era el viejo refrán «quien una vez se pierde, para siempre se pierde» verdaderamente aplicable a la castidad?, se preguntaba. Podría demostrar su falsedad si lograba velar el pasado. El poder de recuperación que impregnaba la naturaleza orgánica seguramente no se le negaría solo a la doncellez.

Esperó largo tiempo sin encontrar la oportunidad de un nuevo rumbo. Llegó una primavera particularmente hermosa, y el bullicio de la germinación era casi audible en los brotes; aquello la conmovió, tal como conmovía a los animales salvajes, y la llenó de un deseo apasionado por partir. Al fin, un día de principios de mayo, le llegó una carta de una antigua amiga de su madre, a quien le había hecho averiguaciones mucho tiempo atrás —una persona a la que nunca había visto—, en la que se le decía que se necesitaba a una lechera experta en una lechería situada a muchas millas hacia el sur, y que al lechero le agradaría contar con ella durante los meses de verano.

No estaba tan lejos como se habría deseado; pero probablemente estaba bastante lejos, ya que su radio de movimiento y su reputación habían sido tan pequeños.

Para las personas de esferas limitadas, las millas son como grados geográficos, las parroquias como condados, los condados como provincias y los reinos.

En un punto estaba decidida: no habría más castillos en el aire de los d’Urberville en los sueños y los actos de su nueva vida.

Sería la lechera Tess, y nada más.

Su madre conocía tan bien el sentimiento de Tess a este respecto, aunque no habían mediado palabras entre ellas sobre el tema, que ahora nunca aludía a la hidalga ascendencia.

Sin embargo, tal es la incoherencia humana que uno de los atractivos del nuevo lugar para ella eran las virtudes fortuitas de hallarse cerca de la tierra de sus antepasados (pues no eran hombres de Blakemore, aunque su madre era de Blakemore hasta la médula).

La lechería llamada Talbothays, a la que se dirigía, no quedaba muy lejos de algunas de las antiguas posesiones de los d'Urberville, cerca de las grandes criptas familiares de sus abuelas y sus poderosos esposos.

Podría mirarlas y pensar no solo que los d'Urberville, como Babilonia, habían caído, sino que la inocencia individual de una humilde descendiente podía extinguirse con la misma discreción.

Todo el tiempo se preguntaba si le depararía alguna extraña buena fortuna el encontrarse en su tierra ancestral; y cierto espíritu dentro de ella brotaba automáticamente como la savia en las ramitas. Era una juventud inesperada, que surgía de nuevo tras su freno temporal, trayendo consigo la esperanza y el instinto invencible hacia el goce propio.

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