La ciudad de Wintoncester, esa bella y vieja ciudad, antaño capital de Wessex, se tendía en medio de sus colinas convexas y cóncavas con todo el brillo y el calor de una mañana de julio.
Las casas de ladrillo con gabletes, tejas y piedra franca casi habían secado ya para la estación su revestimiento de líquenes, los arroyos de los prados bajaban escasos de caudal, y en la inclinada calle Mayor, desde la Puerta del Oeste hasta la cruz medieval, y desde la cruz medieval hasta el puente, se llevaba a cabo esa pausada labor de barrer y quitar el polvo que suele preceder a un día de mercado a la antigua usanza.
Desde la puerta occidental susodicha, el camino real, como todo habitante de Wintoncester sabe, asciende por una cuesta larga y uniforme de la longitud exacta de una milla medida, dejando las casas atrás de manera gradual.
Por este camino, procedentes del recinto de la ciudad, dos personas caminaban con rapidez, como si no fueran conscientes de la dura subida: inconscientes por estar preocupados y no por vitalidad. Habían salido a este camino por un portillo estrecho y con rejas en un muro alto un poco más abajo.
Parecían deseosos de perder de vista las casas y a los de su especie, y este camino parecía ofrecer el medio más rápido para lograrlo. Aunque eran jóvenes, caminaban con la cabeza inclinada, un andar de dolor al que los rayos del sol sonreían sin piedad.
Uno de los dos era Angel Clare, el otro una alta criatura en flor —mitad niña, mitad mujer—, una imagen espiritualizada de Tess, más esbelta que ella, pero con los mismos hermosos ojos: la cuñada de Clare, ’Liza-Lu. Sus pálidos rostros parecían haberse encogido a la mitad de su tamaño natural. Avanzaban de la mano, sin decir una sola palabra, con la inclinación de cabeza propia de los Dos Apóstoles de Giotto.
Cuando casi habían llegado a la cima de la gran Columna Occidental, los relojes de la ciudad dieron las ocho.
Cada uno dio un sobresaltos al oír las notas y, caminando aún unos pocos pasos, llegaron al primer hito kilométrico, que se alzaba blanquecino sobre el verde margen de la hierba, respaldado por la colina, que aquí se abría hacia el camino.
Entraron en el césped y, empujados por una fuerza que parecía anular su voluntad, se detuvieron de repente, se volvieron y esperaron en una suspensión paralizada junto a la piedra.
La perspectiva desde esta cumbre era casi ilimitada. En el valle de abajo se extendía la ciudad que acababan de abandonar, con sus edificios más destacados visibles como en un dibujo axonométrico —entre ellos la ancha torre de la catedral, con sus ventanales normandos y su inmensa longitud de nave y crucero, las agujas de St. Thomas, la torre con pináculos del Colegio y, más hacia la derecha, la torre y los gabletes del antiguo hospicio, donde hasta el día de hoy el peregrino puede recibir su limosna de pan y cerveza. Detrás de la ciudad se extendía la ondulada meseta de St. Catherine’s Hill; más allá, paisaje tras paisaje, hasta que el horizonte se perdía en el resplandor del sol suspendido sobre él.
Contra estas lejanas extensiones del campo se alzaba, delante de los demás edificios de la ciudad, un gran edificio de ladrillo rojo, con tejados grises y nivelados, y hileras de ventanas cortas y enrejadas que delataban el cautiverio; el conjunto contrastaba enormemente por su formalismo con las pintorescas irregularidades de las construcciones góticas.
Desde el camino, al pasar junto a él, quedaba algo oculto por los tejos y encinas perennes, pero desde aquí arriba se veía con claridad. La puertecilla por la que la pareja acababa de salir se encontraba en el muro de esta estructura.
Desde el centro del edificio se elevaba contra el horizonte oriental una fea torre octogonal de cima plana que, vista desde este lugar, en su cara sombreada y a contraluz, parecía la única mancha en la belleza de la ciudad. Sin embargo, era con esta mancha, y no con la belleza, con lo que los dos observadores estaban relacionados.
Sobre la cornisa de la torre había fijado un alto asta. Sus ojos estaban clavados en ella.
Unos minutos después de que hubiera dado la hora, algo ascendió lentamente por el asta y se extendió al soplo de la brisa. Era una bandera negra.
Se hizo «justicia», y el Presidente de los Inmortales, según la frase esquilea, había terminado su juego con Tess. Y los caballeros y damas d’Urberville seguían durmiendo en sus tumbas, ajenos a todo.
Los dos mudos espectadores se inclinaron hacia la tierra, como en oración, y permanecieron así un largo rato, absolutamente inmóviles; la bandera seguía ondeando en silencio.
Tan pronto como tuvieron fuerzas, se levantaron, volvieron a unirse las manos y siguieron adelante.