Mrs. Brooks, la señora que era la dueña de la casa en The Herons y propietaria de todo el hermoso mobiliario, no era una persona de una inclinación mental inusualmente curiosa. Estaba demasiado materializada, pobre mujer, por su larga y forzada esclavitud hacia ese demonio aritmético del Debe-y-Haber, como para conservar mucha curiosidad por el gusto de tenerla, y al margen de los bolsillos de los posibles huéspedes.
Sin embargo, la visita de Angel Clare a sus inquilinos de buena paga, el señor y la señora d’Urberville, como ella los consideraba, fue lo suficientemente excepcional en cuanto al momento y las formas como para reavivar la proclividad femenina que había permanecido sofocada por inútil, salvo en lo que respecta al negocio de alquiler.
Tess le había hablado a su marido desde el umbral, sin entrar en el comedor, y la señora Brooks, que estaba de pie tras la puerta entreabierta de su propia sala al fondo del pasillo, pudo oír fragmentos de la conversación —si es que se le podía llamar conversación— entre aquellas dos almas desdichadas. Oyó a Tess volver a subir las escaleras hacia el primer piso, la marcha de Clare y el cierre de la puerta principal tras él. Luego se cerró la puerta de la habitación de arriba, y la señora Brooks supo que Tess había vuelto a entrar en su aposento. Como la joven no estaba completamente vestida, la señora Brooks supo que no volvería a salir en un buen rato.
Subió en consecuencia las escaleras con suavidad y se detuvo ante la puerta de la habitación del frente, un salón comunicado con el aposento situado inmediatamente detrás (que era un dormitorio) mediante puertas plegables al uso. Este primer piso, que albergaba los mejores aposentos de la señora Brooks, había sido alquilado por semanas por los d’Urberville. La habitación trasera guardaba silencio en ese momento; pero del salón llegaban unos sonidos.
Todo lo que al principio pudo distinguir de ellos fue una sola sílaba, repetida continuamente en una nota baja de lamento, como si proviniera de un alma atada a alguna rueda ixiónica—
“¡Oh—Oh—Oh!”
Luego un silencio, después un pesado suspiro, y otra vez—
“¡Oh—Oh—Oh!”
La dueña de la pensión miró por el ojo de la llave. Solo se veía un pequeño espacio de la habitación interior, pero dentro de ese espacio se distinguía un rincón de la mesa del desayuno, que ya estaba puesta para la comida, y también una silla al lado.
Sobre el asiento de la silla, el rostro de Tess estaba inclinado, en una postura de rodillas frente a ella; sus manos estaban entrelazadas sobre su cabeza, los faldones de su bata y el bordado de su camisón se esparcían por el suelo detrás de ella, y sus pies descalzos, de los cuales se habían caído las zapatillas, sobresalían sobre la alfombra.
Era de sus labios de donde brotaba el murmullo de una desesperación indecible.
Luego la voz de un hombre desde el dormitorio contiguo—
¿Qué pasa?
Ella no contestó, sino que continuó, en un tono que era más un monólogo que una exclamación, y más una elegía que un monólogo. La señora Brooks solo pudo captar un fragmento:
“¡Y entonces mi querido, queridísimo esposo volvió a casa conmigo… y yo no lo sabía!… ¡Y usted había usado su cruel persuasión conmigo… no dejó de usarla, no… no se detuvo! Las necesidades de mis hermanitos y hermanitas y las de mi madre… esas fueron las cosas con las que me conmovió… ¡y dijo que mi esposo jamás volvería, jamás; y se burló de mí, y dijo qué simple era por esperarlo!… ¡Y al final le creí y cedí!… ¡Y entonces él volvió! Ahora se ha ido. Se ha ido por segunda vez, y ahora lo he perdido para siempre… ¡y ya no me amará ni un tantito más, solo me odiará!… ¡Oh, sí, ahora lo he perdido… otra vez por culpa de… usted!”.
Retorciéndose, con la cabeza sobre la silla, volvió el rostro hacia la puerta, y la señora Brooks pudo ver el dolor en él, y que sus labios estaban ensangrentados por la presión de sus dientes sobre ellos, y que las largas pestañas de sus ojos cerrados se pegaban en mechones húmedos a sus mejillas. Continuó:
“¡Y se está muriendo… tiene aspecto de estar muriéndose!… ¡Y mi pecado lo matará a él y no a mí!… ¡Oh, me ha hecho la vida añicos… ha hecho que sea lo que le rogué por piedad que no me hiciera ser de nuevo!… Mi propio y verdadero esposo nunca, nunca… ¡Oh, Dios, no puedo soportar esto!… ¡No puedo!”.
Hubo más palabras y más ásperas por parte del hombre; luego un repentino crujido; ella se había puesto de pie de un salto. La señora Brooks, pensando que el que hablaba iba a precipitarse fuera de la puerta, retrocedió apresuradamente escaleras abajo.
Sin embargo, no era necesario que lo hiciera, pues la puerta de la sala de estar no se abrió. Pero la señora Brooks consideró imprudente volver a vigilar en el descansillo y entró en su propio saloncito de abajo.
No lograba oír nada a través del suelo, aunque escuchó con atención, y por consiguiente fue a la cocina para terminar su interrumpido desayuno.
Al subir poco después a la habitación del frente en la planta baja, tomó un poco de costura, a la espera de que sus huéspedes tocaran la campanilla para poder retirar el desayuno, lo cual pensaba hacer ella misma para descubrir lo que pasaba, de ser posible.
Arriba, mientras estaba sentada, pudo oír ahora que las tablas del suelo crujían ligeramente, como si alguien estuviera caminando por allí, y al poco rato el movimiento se explicó con el crujir de las prendas contra la barandilla, la apertura y el cierre de la puerta principal, y la figura de Tess pasando hacia la verja rumbo a la calle.
Estaba completamente vestida ahora con el traje de calle de una joven adinerada con el que había llegado, con la única adición de que sobre su sombrero y sus plumas negras llevaba corrido un velo.
La señora Brooks no había podido captar ninguna palabra de despedida, temporal o de otro tipo, entre sus inquilinos en la puerta de arriba. Podían haberse peleado, o el señor d'Urberville seguía tal vez dormido, pues no era hombre de madrugar.
Se retiró a la habitación del fondo, que era más específicamente su propio aposento, y continuó allí con su costura. La huésped no regresó, ni el caballero tocó su campanilla. La señora Brooks meditó sobre la demora, y sobre la probable relación que el visitante que había llamado tan temprano guardaba con la pareja de arriba. Mientras reflexionaba, se reclinó en su silla.
Al hacerlo, sus ojos recorrieron el techo con desdén hasta que se detuvieron en una mancha en medio de su superficie blanca que nunca antes había visto allí.
Tenía el tamaño de una oblea cuando la observó por primera vez, pero rápidamente creció hasta alcanzar el tamaño de la palma de su mano, y entonces pudo percibir que era roja.
El techo blanco y oblongo, con esta mancha escarlata en el medio, tenía la apariencia de un gigantesco as de corazones.
La señora Brooks sintió extraños presentimientos de inquietud. Se subió a la mesa y tocó el punto del techo con los dedos. Estaba húmedo, y le pareció que era una mancha de sangre.
Bajando de la mesa, salió del salón y subió las escaleras, con la intención de entrar en la habitación de arriba, que era el dormitorio situado detrás del salón principal. Pero, convertida ya en una mujer sin fuerzas, no lograba obligarse a tantear el pomo. Escuchó. El silencio sepulcral del interior solo se veía roto por un latido regular.
Goteo, goteo, goteo.
La señora Brooks se apresuró a bajar las escaleras, abrió la puerta principal y salió corriendo a la calle. Un conocido suyo, uno de los obreros que trabajaban en un chalet contiguo, pasaba por allí, y ella le suplicó que entrara ysubiera con ella al piso de arriba; temía que le hubiera pasado algo a uno de sus inquilinos. El obrero aceptó y la siguió hasta el descansillo.
Abrió la puerta del salón y se hizo a un lado para dejarlo pasar, entrando ella detrás de él. La habitación estaba vacía; el desayuno—un refrigerio contundente a base de café, huevos y un jamón frío—permanecía servido sobre la mesa sin tocar, tal como lo había dejado, salvo que faltaba el cuchillo de trinchar. Le pidió al hombre que cruzara las puertas plegables hacia la habitación contigua.
Abrió las puertas, dio uno o dos pasos adentro y volvió casi al instante con el rostro rígido. «¡Dios bendito, el caballero de la cama está muerto! ¡Creo que lo han herido con un cuchillo; le ha corrido muchísima sangre por el suelo!».
La alarma no tardó en darse, y la casa que hacía poco había estado tan silenciosa resonó con el tramo de muchos pasos, un cirujano entre el resto.
La herida era pequeña, pero la punta de la hoja había tocado el corazón de la víctima, que yacía boca arriba, pálida, inmóvil, muerta, como si apenas se hubiera movido tras la inflicción del golpe.
En un cuarto de hora, la noticia de que un caballero que era visitante temporal en la ciudad había sido apuñalado en su cama se extendió por cada calle y villa del popular balneario.