densamente de rocas afiladas. Aquí dejaron caer al pobre Leñador, quien cayó desde una gran altura sobre las rocas, donde quedó tan golpeado y abollado que no podía ni moverse ni gemir.
Otros de los Monos atraparon al Espantapájaros, y con sus largos dedos sacaron toda la paja de sus ropas y de su cabeza.
Hicieron un pequeño atado con su sombrero, sus botas y sus ropa, y lo arrojaron a las ramas más altas de un árbol alto.
Los Monos restantes arrojaron trozos de soga gruesa alrededor del León y envolvieron muchas vueltas en su cuerpo, su cabeza y sus patas, hasta que le fue imposible morder, arañar o forcejear de ninguna manera.
Luego lo levantaron y volaron con él hacia el castillo de la Bruja, donde lo metieron en un pequeño patio con una alta cerca de hierro alrededor, para que no pudiera escapar.
Pero a Dorothy no le hicieron ningún daño. Ella se quedó, con Toto en los brazos, viendo el triste destino de sus compañeros y pensando que pronto le tocaría a ella. El jefe de los Monos Alados voló hacia ella, con sus largos y peludos brazos estirados y su fea cara con una mueca terrible; pero vio la marca del beso de la Bruja Buena en su frente y se detuvo en seco, haciendo seña a los demás para que no la tocaran.
—No nos atrevemos a hacerle daño a esta pequeña —les dijo—, porque está protegida por el Poder del Bien, y ese es mayor que el Poder del Mal. Lo único que podemos hacer es llevarla al castillo de la Bruja Mala y dejarla allí.
Así que, con cuidado y delicadeza, levantaron a Dorothy en brazos y la llevaron velozmente por el aire hasta llegar al castillo, donde la bajaron en el escalón de la puerta principal.
Entonces el líder le dijo a la Bruja: