—Aun así —dijo el Espantapájaros—, pediré cerebro en lugar de corazón; pues un tonto no sabría qué hacer con un corazón si tuviera uno.
—Tomaré el corazón —respondió el Leñador de Hojalata—, porque el cerebro no hace a uno feliz, y la felicidad es lo mejor del mundo.
Dorothy no dijo nada, pues estaba desconcertada al no saber cuál de sus dos amigos tenía razón, y decidió que, con tal de poder regresar a Kansas y a la tía Em, no importaba mucho si el Leñador no tenía cerebro y el Espantapájaros no tenía corazón, o si cada uno conseguía lo que quería.
Lo que más le preocupaba era que el pan casi se había terminado, y otra comida para ella y Toto vaciaría la cesta. A decir verdad, ni el Leñador ni el Espantapájaros comían nunca nada, pero ella no era de hojalata ni de paja, y no podía vivir a menos que la alimentaran.