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nydus/The Wonderful Wizard of OzPublic
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XI. La Maravillosa Ciudad de Oz

de pie en un solo lugar, justo en el umbral de la puerta, a la espera de que llegara la mañana. No le serviría de descanso recostarse, y no podía cerrar los ojos; así que pasó toda la noche contemplando fijamente a una pequeña araña que tejía su telaraña en un rincón de la habitación, como si no se tratara de una de las habitaciones más maravillosas del mundo. El Leñador de Hojalata se acostó en su cama por fuerza de la costumbre, pues recordaba cuando era de carne y hueso; pero al no poder dormir, pasó la noche moviendo sus articulaciones de arriba abajo para asegurarse de que se mantuvieran en buen estado de funcionamiento. El León habría preferido un lecho de hojas secas en el bosque, y no le gustaba estar encerrado en una habitación; pero tenía demasiado buen juicio como para dejar que esto le preocupara, así que saltó sobre la cama, se acurrucó como un gato y se durmió ronroneando en un minuto.

A la mañana siguiente, después del desayuno, la doncella verde vino a buscar a Dorothy, y la vistió con uno de los vestidos más bonitos, hecho de satén brocado verde.

Dorothy se puso un delantal de seda verde y ató un listón verde alrededor del cuello de Toto, y se dirigieron hacia la Sala del Trono del Gran Oz.

Primero llegaron a un gran salón en el que había muchas damas y caballeros de la corte, todos vestidos con ricos trajes.

Estas personas no tenían nada que hacer más que hablar entre sí, pero siempre venían a esperar fuera de la Sala del Trono todas las mañanas, aunque nunca se les permitía ver a Oz.

Cuando Dorothy entró, la miraron con curiosidad, y uno de ellos susurró:

—¿De verdad vas a mirar el rostro de Oz el Terrible?

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