El viaje del primer día transcurrió a través de los campos verdes y las flores brillantes que se extendían alrededor de la Ciudad Esmeralda por todas partes. Durmieron esa noche sobre la hierba, sin más techo que las estrellas sobre ellos; y descansaron de verdad muy bien.
Por la mañana continuaron su camino hasta llegar a un espeso bosque. No había forma de rodearlo, pues parecía extenderse hacia la derecha y la izquierda hasta donde alcanzaba su vista; y, además, no se atrevían a cambiar la dirección de su viaje por miedo a perderse. Así que buscaron el lugar por donde fuera más fácil adentrarse en el bosque.
El Espantapájaros, que iba a la cabeza, descubrió por fin un gran árbol con ramas tan extendidas que había espacio para que el grupo pasara por debajo.
Así que caminó hacia el árbol, pero justo cuando llegó debajo de las primeras ramas, estas se inclinaron y se enredaron a su alrededor, y al minuto siguiente fue levantado del suelo y arrojado de cabeza entre sus compañeros de viaje.
Esto no lastimó al Espantapájaros, pero lo sorprendió, y se veía bastante mareado cuando Dorothy lo levantó.
—Aquí hay otro espacio entre los árboles —llamó el León.
—Déjame probar a mí primero —dijo el Espantapájaros—, pues a mí no me hace daño que me lancen de un lado a otro.
Se acercó a otro árbol mientras hablaba, pero sus ramas lo agarraron de inmediato y lo volvieron a arrojar.
—Esto es extraño —exclamó Dorothy—. ¿Qué vamos a hacer?
—Los árboles parecen haber tomado la decisión de luchar contra nosotros y detener nuestro viaje —comentó el León.