—Bueno, lo intentaré —dijo la Cigüeña—, pero si encuentro que es demasiado pesado para llevarlo, tendré que dejarlo caer al río otra vez.
Así que el gran pájaro voló por el aire y sobre el agua hasta llegar a donde el Espantapájaros estaba apostado en su poste.
Entonces la Cigüeña, con sus grandes garras, agarró al Espantapájaros por el brazo y lo llevó por el aire de regreso a la orilla, donde Dorothy y el León y el Leñador de Hojalata y Toto estaban sentados.
Cuando el Espantapájaros se encontró de nuevo entre sus amigos, estaba tan feliz que los abrazó a todos, incluso al León y a Toto; y mientras caminaban cantaba «¡Tralarí, tralará!» a cada paso, pues se sentía muy alegre.
—Tenía miedo de haberme tenido que quedar en el río para siempre —dijo—, pero la amable Cigüeña