El camino a través del bosque
Después de unas horas el camino empezó a volverse áspero, y la marcha se hizo tan difícil que el Espantapájaros tropezaba a menudo con los ladrillos amarillos, que por allí estaban muy desparejos.
A veces, en verdad, estaban rotos o faltaban por completo, dejando agujeros que Toto saltaba y alrededor de los cuales caminaba Dorothy.
En cuanto al Espantapájaros, como no tenía cerebro, caminaba derecho hacia adelante, y así pisaba los agujeros y caía de largo sobre los duros ladrillos. Sin embargo, nunca se hacía daño, y Dorothy lo levantaba y lo ponía de pie otra vez, mientras él se unía a ella para reírse alegremente de su propia desgracia.
Las granjas no estaban ni con mucho tan bien cuidadas aquí como más atrás. Había menos casas y menos árboles frutales, y cuanto más avanzaban, más sombrío y solitario se volvía el paisaje.
A mediodía se sentaron a la orilla del camino, cerca de un pequeño arroyo, y Dorothy abrió su cesta y sacó un poco de pan. Le ofreció un trozo al Espantapájaros, pero él se negó.
—Nunca tengo hambre —dijo—, y es una suerte que no la tenga, pues mi boca está solo pintada, y si le hiciera un agujero para poder comer, la paja con la que estoy relleno se saldría, y eso arruinaría la forma de mi cabeza.
Dorothy vio al instante que esto era verdad, así que solo asintió y siguió comiendo su pan.