Un día, justo antes de la boda, mi abuelo volaba con su banda cuando vio a Quelala caminando junto al río. Vestía un rico traje de seda rosa y terciopelo púrpura, y mi abuelo pensó en ver qué podía hacer. A su orden, la banda descendió volando y capturó a Quelala, lo llevó en brazos hasta estar sobre la mitad del río y luego lo dejó caer al agua.
“—Nade hacia fuera, mi buen amigo —gritó mi abuelo—, y vea si el agua ha manchado su ropa.
Quelala era demasiado prudente como para no nadar, y no se le subió en absoluto a la cabeza toda su buena fortuna. Se rio al salir a la superficie del agua y nadó hacia la orilla. Pero cuando Gayelette corrió a su encuentro, descubrió que sus sedas y su terciopelo estaban arruinados por el río.
“La princesa estaba enfadada y sabía, por supuesto, quién lo había hecho. Hizo comparecer ante ella a todos los Monos Voladores y al principio dijo que les atarían las alas y que serían tratados como ellos habían tratado a Quelala, arrojándolos al río.
Pero mi abuelo intercedió con insistencia, pues sabía que los Monos se ahogarían en el río con las alas atadas, y Quelala también intercedió por ellos con buenas palabras; de modo que Gayelette terminó por perdonarlos, con la condición de que los Monos Voladores cumplieran desde entonces tres veces las órdenes del dueño del Gorro Dorado.
Este Gorro había sido fabricado como regalo de bodas para Quelala, y se dice que le costó a la princesa la mitad de su reino. Por supuesto, mi abuelo y todos los demás Monos aceptaron la condición de inmediato, y así es como ocurre que somos tres veces esclavos del dueño del Gorro Dorado, sea quien fuere”.
—¿Y qué fue de ellos? —preguntó Dorothy, que se había interesado mucho por la historia.