Dorothy tomó entonces a Toto solemnemente en sus brazos y, tras decir un último adiós, golpeó los talones de sus zapatos tres veces, diciendo:
¡Lléveme a casa con la tía Em!
Al instante ella iba girando por el aire, con tanta velocidad que lo único que podía ver o sentir era el viento silbando junto a sus oídos.
Los zapatos plateados dieron apenas tres pasos, y entonces ella se detuvo con tanta brusquedad que dio varias volteretas sobre la hierba antes de saber dónde estaba.
Por fin, sin embargo, se incorporó y miró a su alrededor.
—¡Dios mío! —exclamó ella.
Pues estaba sentada en la amplia pradera de Kansas, y justo ante ella se encontraba la nueva casa de labor que el tío Henry había construido después de que el ciclón se hubiera llevado la antigua.
El tío Henry estaba ordeñando las vacas en el corral, y Toto había saltado de sus brazos y corría hacia el granero, ladrando furiosamente.
Dorothy se levantó y descubrió que estaba en calcetines. Pues los Zapatos de Plata se le habían caído en su vuelo por el aire, y se habían perdido para siempre en el desierto.