zapatos, y su pavor al agua era mayor que su miedo a la oscuridad, así que nunca se acercaba cuando Dorothy se estaba bañando. En verdad, la vieja Bruja nunca tocaba el agua, ni permitía jamás que el agua la tocara de ninguna manera.
Pero la malvada criatura era muy astuta, y finalmente ideó un truco que le daría lo que quería.
Colocó una barra de hierro en medio del piso de la cocina y luego, mediante sus artes mágicas, hizo que el hierro fuera invisible a los ojos humanos.
De modo que, cuando Dorothy cruzó el piso, tropezó con la barra, al no poder verla, y cayó cuialargota.
No se hizo mucho daño, pero en su caída se le salió uno de los Zapatos de Plata; y antes de que pudiera alcanzarlo, la Bruja lo había arrebatado y se lo había calzado en su propio pie escuálido.
La malvada mujer estaba muy complacida con el éxito de su truco, pues mientras tuviera uno de los zapatos poseía la mitad del poder de su hechizo, y Dorothy no podía usarlo en su contra, aun si hubiera sabido cómo hacerlo.
La niña, al ver que había perdido uno de sus bonitos zapatos, se enfadó y le dijo a la Bruja: «¡Devuélveme mi zapato!».
—No lo haré —replicó la Bruja—, porque ahora es mi zapato, y no el tuyo.
—¡Eres una criatura malvada! —gritó Dorothy—. No tienes ningún derecho a quitarme el zapato.
—De todos modos me lo quedaré —dijo la Bruja, riéndose de ella—, y algún día te quitaré el otro también.