La maravillosa Ciudad de Oz
Aun con los ojos protegidos por las gafas verdes, Dorothy y sus amigos quedaron al principio deslumbrados por el brillo de la maravillosa Ciudad.
Las calles estaban bordeadas de hermosas casas construidas todas de mármol verde y salpicadas por todas partes de esmeraldas brillantes.
Caminaban sobre un pavimento del mismo mármol verde, y allí donde los bloques se unían había hileras de esmeraldas, incrustadas muy juntas y centelleando bajo el resplandor del sol.
Los cristales de las ventanas eran de vidrio verde; incluso el cielo sobre la Ciudad tenía un tinte verde, y los rayos del sol eran verdes.
Había mucha gente —hombres, mujeres y niños— caminando por allí, y todos iban vestidos con ropas verdes y tenían la piel verdosa. Miraban a Dorothy y a su variopinta compañía con ojos de asombro, y los niños corrían a esconderse detrás de sus madres cuando veían al León; pero nadie les hablaba. Había muchas tiendas en la calle, y Dorothy vio que todo en ellas era verde. Se ofrecían a la venta caramelos verdes y palomitas de maíz verdes, así como zapatos verdes, sombreros verdes y ropa verde de todo tipo. En un lugar, un hombre vendía limonada verde, y cuando los niños la compraban, Dorothy pudo ver que pagaban con monedas de cobre verdes.
Parecía no haber caballos ni animales de clase alguna; los hombres llevaban las cosas de un lado a otro en unos carritos verdes que empujaban ante ellos. Todos parecían felices, contentos y prósperos.