aquí para que duerma para siempre, y tal vez sueñe que por fin ha encontrado el valor.
—Lo siento —dijo el Espantapájaros—. El León era un muy buen compañero para alguien tan cobarde. Pero sigamos adelante.
Llevaron a la niña dormida a un hermoso lugar junto al río, lo suficientemente lejos del campo de amapolas como para evitar que siguiera respirando el veneno de las flores, y allí la tendieron suavemente sobre la hierba blanda y esperaron a que la brisa fresca la despertara.