—¿A que son hermosas? —preguntó la chica, mientras inhalaba el aroma especiado de las flores brillantes.
—Supongo que sí —respondió el Espantapájaros—. Cuando tenga cerebro, probablemente me gustarán más.
—Si tan solo tuviera un corazón, los amaría —añadió el Leñador de Hojalata.
—Siempre me han gustado las flores —dijo el León—. Parecen tan desvalidas y frágiles. Pero en el bosque no hay ninguna tan brillante como estas.
Llegaron entonces a ver cada vez más de las grandes amapolas escarlatas, y cada vez menos de las otras flores; y pronto se encontraron en medio de un gran prado de amapolas.
Ahora bien, es bien sabido que cuando hay muchas de estas flores juntas su olor es tan poderoso que cualquiera que lo respire se queda dormido, y si al durmiente no se le aleja del aroma de las flores, sigue durmiendo y durmiendo para siempre.
Pero Dorothy no sabía esto, ni podía alejarse de las brillantes flores rojas que estaban por todas partes a su alrededor; así que al poco rato sus ojos se fueron poniendo pesados y sintió que debía sentarse a descansar y a dormir.
Pero el Leñador de Hojalata no quiso dejar que lo hiciera.
—Debemos darnos prisa y volver al camino de baldosas amarillas antes de que oscurezca —dijo—; y el Espantapájaros estuvo de acuerdo con él. Así que siguieron caminando hasta que Dorothy no pudo mantenerse en pie por más tiempo. Sus ojos se cerraron a pesar de sí misma, olvidó dónde estaba y cayó entre las amapolas, profundamente dormida.