—No —dijo Harris—, si lo que quieres es descanso y cambio de aires, no hay nada como un viaje por mar.
Me opuse firmemente al viaje por mar.
Un viaje por mar te sienta bien cuando vas a estar un par de meses en él, pero, para una semana, es una maldad.
Empiezas el lunes con la idea firmemente implantada en el pecho de que te lo vas a pasar en grande.
- Te despides con un ademán aéreo de los muchachos en la orilla, enciendes tu pipa más grande y te paseas por la cubierta con chulería, como si fueras el capitán Cook, sir Francis Drake y Cristóbal Colón metidos en uno solo.
- El martes, deseas no haber venido.
- El miércoles, el jueves y el viernes, deseas estar muerto.
- El sábado, eres capaz de tragarte un poco de caldo de carne, de sentarte en la cubierta y de responder con una sonrisa pálida y dulce cuando la gente bondadosa te pregunta cómo te sientes ahora.
- El domingo, empiezas a caminar de nuevo y a tomar alimentos sólidos.
- Y el lunes por la mañana, mientras, con la bolsa y el paraguas en la mano, estás de pie junto a la borda esperando para bajar a tierra, empieza a gustarte de verdad.
Recuerdo que mi cuñado hizo una breve travesía por mar una vez, por motivos de salud. Sacó un pasaje de ida y vuelta de Londres a Liverpool; y cuando llegó a Liverpool, lo único que le preocupaba era vender ese billete de vuelta.
It was offered round the town at a tremendous reduction, so I am told; and was eventually sold for eighteenpence to a bilious-looking youth