De todas las tonterías necias e irritantes con las que nos plagan, creo que este fraude del «pronóstico del tiempo» es de lo más exasperante. «Pronostica» con precisión lo que ocurrió ayer o antes de ayer, y exactamente lo opuesto de lo que va a suceder hoy.
Recuerdo que unas vacaciones mías quedaron arruinadas por completo a finales de otoño debido a que prestamos atención al parte meteorológico del periódico local. «Se esperan fuertes chubascos, con tormentas, para el día de hoy», decía el lunes, y así renunciábamos a nuestra excursión y nos quedábamos en casa todo el día, esperando la lluvia. Y la gente pasaba por delante de la casa, marchándose en vagonetas y carruajes de lo más alegres y contentos, brillando el sol y sin verse una sola nube.
«¡Ah!», dijimos, mientras nos quedábamos mirándolos a través de la ventana, «¡no van a volver empapados!».
Y nos reímos entre dientes al pensar en lo mojados que se iban a poner, y volvimos, avivamos el fuego, trajimos nuestros libros y ordenamos nuestras muestras de algas marinas y conchas de berberechón.
A las doce en punto, con el sol inundando la habitación, el calor se volvió bastante sofocante, y nos preguntamos cuándo iban a empezar aquellos fuertes chubascos y tormentas eléctricas ocasionales.
—¡Ah! Vendrán por la tarde, ya verás —nos dijimos el uno al otro—. ¡Vaya si se mojará esa gente! ¡Qué divertido!
A la una, la dueña de la pensión entraba para preguntar si no íbamos a salir, ya que el día parecía muy agradable.
«No, no», respondimos con una risita cómplice, «nosotros no. No pensamos mojarnos; no, no».
Y cuando la tarde casi había pasado, y aún no había señales de lluvia, intentamos consolarnos con la idea de que caería de golpe, justo cuando