Fuimos al andén número tres, pero las autoridades de allí nos dijeron que más bien creían que ese tren era el exprés de Southampton, o si no el ramal de Windsor. Pero estaban seguros de que no era el tren de Kingston, aunque por qué estaban seguros de eso no supieron decirlo.
Entonces nuestro mozo dijo que le parecía que debía de ser aquel en el andén elevado; dijo que creía conocer el tren. Así que fuimos al andén elevado, vimos al maquinista y le preguntamos si iba a Kingston.
Dijo que no podía afirmarlo con certeza, por supuesto, pero que más bien creía que sí. De todos modos, si no era el de las 11:05 a Kingston, dijo estar bastante seguro de que era el de las 9:32 a Virginia Water, o el exprés de las 10 a.m. a la Isla de Wight, o algo en esa dirección, y que todos nos enteraríamos al llegar.
Le deslizamos media corona en la mano y le suplicamos que fuera el de las 11:05 a Kingston.
“Nadie sabrá jamás, en esta línea —decíamos—, lo que eres, ni a dónde vas. Tú conoces el camino, te escabulles silenciosamente y te vas a Kingston”.
—Bueno, no sé, muchachos —respondió el noble sujeto—, supongo que algún tren tendrá que ir a Kingston, y yo lo haré. Denme la media corona.
Así llegamos a Kingston por el ferrocarril de Londres y del Sudoeste.
Supimos, después, que el tren en el que habíamos venido era en realidad el correo de Exeter, y que se habían pasado horas en Waterloo buscándolo, sin que nadie supiera qué había sido de él.
Nuestro bote nos esperaba en Kingston, justo debajo del puente, y hacia él encaminamos nuestros pasos, y en él acomodamos nuestro equipaje, y a él nos subimos.