Luego están las chicas con novios.
Las chicas que tienen novios nunca los quieren. Dicen que preferirían estar sin ellos, que les molestan, y que por qué no van a hacerle el amor a la señorita Smith y a la señorita Brown, que son feas y mayores, y no tienen ningún novio.
Ellas mismas no quieren novios. Nunca piensan en casarse.
No sirve de nada pensar en estas cosas; lo ponen a uno tan triste.
Había un muchacho en nuestra escuela, solíamos llamarle Sandford y Merton. Su verdadero nombre era Stivvings. Era el muchacho más extraordinario con el que me he topado. Creo que de verdad le gustaba estudiar.
Se metía en líos terribles por quedarse sentado en la cama leyendo griego; y en cuanto a los verbos irregulares franceses, simplemente no había forma de apartarle de ellos.
Estaba lleno de ideas extrañas y antinaturales sobre ser un orgullo para sus padres y una honra para la escuela, y anhelaba ganar premios, crecer y ser un hombre inteligente, y tenía toda esa clase de ideas pusilánimes.
Nunca conocí a una criatura tan extraña, aunque inofensiva, tenedlo en cuenta, como un niño recién nacido.
Pues aquel muchacho solía enfermar unas dos veces por semana, de modo que no podía ir al colegio. Jamás ha habido un muchacho tan dado a enfermar como aquel tal Sandford y Merton. Si había alguna enfermedad conocida en un radio de diez millas a la redonda, él la contraía, y de qué manera. Le daba bronquitis en plena canícula, y cogía la fiebre del heno por Navidad. Tras un periodo de sequía de seis semanas, le sobrevenía una