—Quítate de mi cabeza, ¿no?
Y Bill sale forcejeando, hecho un guiñapo embarrado y pisoteado, y con un humor innecesariamente agresivo, ya que está bajo la evidente creencia de que todo ha sido hecho a propósito.
Por la mañana los tres os habéis quedado sin habla debido a los fuertes resfriados que habéis cogido por la noche; también os sentís muy cascarrabias, y os insultáis mutuamente en susurros roncos durante todo el desayuno.
Por consiguiente, decidimos que dormiríamos al raso las noches buenas; y de hotel, de mesada y de taberna, como gente respetable, cuando lloviera o cuando nos apeteciera un cambio.
Montmorency acogió este compromiso con gran aprobación. No le entusiasma la soledad romántica. Dadle algo ruidoso; y si es un poco vulgar, tanto mejor.
Al ver a Montmorency, uno se imaginaría que es un ángel enviado a la tierra, por alguna razón que la humanidad desconoce, bajo la forma de un pequeño fox-terrier. Hay en Montmorency una especie de expresión de Ay-qué-mundo-tan-perverso-es-éste-y-cómo-desearía-poder-hacer-algo-para-mejorarlo-y-hacerlo-más-noble que se sabe ha arrancado lágrimas de los ojos a piadosas ancianas y bondadosos caballeros.
Cuando por primera vez vino a vivir a mi costa, nunca pensé que lograría retenerlo por mucho tiempo. Solía sentarme a mirarlo, mientras él se quedaba en la alfombra mirándome a mí, y pensar: «Ay, ese perro nunca va a vivir. Será arrebatado a los cielos brillantes en un carruaje, eso es lo que le va a pasar».
Pero, cuando hube pagado por una docena más o menos de pollos que había matado; y lo hube sacado, gruñendo y pataleando, de la piel del