amoroso corazón—dulce como era en aquellos días pretéritos en que, madre recién estrenada, nos amamantaba, a nosotros sus hijos, sobre su propio y hondo pecho—antes de que las artimañas de la civilización pintada nos arrancaran de sus tiernos brazos, y las burlas venenosas de la artificialidad nos avergonzaran de la vida sencilla que llevábamos con ella, y del hogar sencillo y majestuoso donde la humanidad nació hace tantos miles de años.
Harris dijo:
¿Y cuando llovía?
A Harris nunca se le puede conmover. En Harris no hay poesía alguna, ni anhelos salvajes por lo inalcanzable. Harris nunca «llora sin saber por qué». Si a Harris se le llenen los ojos de lágrimas, puedes apostar que es porque ha estado comiendo cebollas crudas, o porque le ha puesto demasiada salsa Worcester a su chuleta.
Si una noche te pararas a la orilla del mar con Harris y dijeras:
“¡Escuchad! ¿No oís? ¿Son acaso las sirenas que cantan en lo más profundo de las aguas ondulantes; o espíritus tristes que entonan cantos fúnebres por los pálidos cadáveres atrapados por las algas?”
Harris te tomaba del brazo y decía:
“Sé lo que le pasa, viejo; ha cogido frío. Venga conmigo. Conozco un sitio aquí a la vuelta donde puede tomarse un trago del mejor güisqui escocés que haya probado en su vida; lo pondrá a punto en un abrir y cerrar de ojos”.
Harris siempre conoce un sitio a la vuelta de la esquina donde se puede conseguir algo formidable en materia de bebidas. Creo que si te encontraras con Harris allá arriba, en el Paraíso (suponiendo tal cosa probable), te saludaría inmediatamente con: