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nydus/Three Men in a BoatPublic
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IV. The food question

Pero, en este mundo, debemos pensar en los demás. La señora bajo cuyo techo tengo el honor de residir es viuda y, que yo sepa, posiblemente también huérfana. Tiene una fuerte, yo diría que elocuente, oposición a que la «tomen el pelo», como ella suele decir. La presencia de los quesos de su esposo en su casa, lo siento instintivamente, lo consideraría como un «toma pelo»; y jamás se dirá que yo le tomé el pelo a la viuda y al huérfano.

—Muy bien, entonces —dijo la esposa de mi amigo, levantándose—, todo lo que tengo que decir es que me llevaré a los niños y me iré a un hotel hasta que esos quesos se hayan acabado. Me niego a seguir viviendo bajo el mismo techo que ellos.

Ella cumplió su palabra, dejando el lugar al cuidado de la barrendera, quien, al ser preguntada si podía soportar el olor, respondió: «¿Qué olor?», y quien, al ser llevada cerca de los quesos y se le mandó olfatear con fuerza, dijo que alcanzaba a percibir un tenue aroma a melones. De esto se dedujo que el ambiente no le acarrearía grandes perjuicios a la mujer, y así fue dejada allí.

La cuenta del hotel ascendió a quince guineas; y mi amigo, después de echar cuentas de todo, descubrió que los quesos le habían costado ocho chelines y seis peniques la libra.

Decía que le encantaba un buen trozo de queso, pero que eso superaba sus posibilidades; así que decidió deshacerse de ellos.

Los arrojó al canal; pero tuvo que volver a sacarlos con la, caña, ya que los barqueros se quejaron. Dijeron que les hacía sentirse bastante mareados.

Y, después de eso, una noche oscura se los llevó y los dejó en el depósito de cadáveres de la parroquia. Pero el forense los descubrió y armó un escándalo terrible.

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