cuello, de ciento catorce peleas callejeras; y una mujer iracunda me hubo traído un gato muerto para que lo inspeccionara, llamándome asesino; y el vecino de al lado del de al lado me hubo citado ante la justicia por tener suelto a un perro ferocísimo que lo había tenido acorralado en su propio cobertizo de herramientas, con miedo de asomar la nariz fuera de la puerta durante más de dos horas en una noche fría; y hube sabido que el jardinero, sin mi conocimiento, había ganado treinta chelines apostando a que mataba ratas a contrarreloj, entonces comencé a pensar que tal vez lo dejarían permanecer en la tierra un poco más de tiempo, después de todo.
Merodear por una caballeriza, reunir a la pandilla de perros más desacreditados que pudieran encontrarse en el pueblo, y llevarlos de marcha por los barrios bajos para pelearse con otros perros desacreditados, es la idea que tiene Montmorency de la «vida»; y por eso, como ya he señalado antes, dio a la propuesta de mesones, tabernas y hoteles su más enérgica aprobación.
Habiendo arreglado de este modo la distribución de las camas a satisfacción de los cuatro, lo único que nos quedaba por discutir era qué debíamos llevar con nosotros; y ya habíamos empezado a debatir sobre esto, cuando Harris dijo que ya había tenido bastante oratoria por una noche, y propuso que saliéramos a tomarnos un trago, diciendo que había encontrado un lugar, a la vuelta de la plaza, donde de verdad se podía conseguir un chorrito de whisky irlandés que valiera la pena.
George dijo que tenía sed (nunca conocí a George cuando no la tuviera); y, como yo tenía el presentimiento de que un poco de güisqui caliente, con una rodaja de limón, le haría bien a mi dolencia, el debate se aplazó, por común acuerdo, para la noche siguiente; y la asamblea se puso los sombreros y salió.