la persistente retaguardia de la luz, y pasa, con pies silenciosos e invisibles, sobre la hierba ondulante del río y a través de los juncos suspirantes; y la Noche, sobre su sombrío trono, pliega sus negras alas sobre el mundo que oscurece, y, desde su palacio fantasma, iluminado por las pálidas estrellas, reina en el silencio.
Luego metemos nuestra pequeña embarcación en algún rincón tranquilo, levantamos la tienda, y cocinamos y comemos una cena frugal. Después llenamos y encendemos las pipas grandes, y la agradable charla circula en musical murmullo; mientras que, en las pausas de nuestra conversación, el río, jugueteando alrededor del bote, cuchichea extraños viejos cuentos y secretos, entona en voz baja la vieja canción infantil que ha cantado durante tantos miles de años —que cantará durante tantos miles de años por venir, antes de que su voz se vuelva áspera y vieja— una canción que nosotros, que hemos llegado a amar su rostro cambiante, que tantas veces nos hemos acurrucado en su seno frágil, creemos, de algún modo, comprender, aunque no podríamos contaros con meras palabras la historia que escuchamos.
Y nos sentamos allí, en su orilla, mientras la luna, que también lo ama, se inclina para besarlo con un beso de hermana, y le arroja sus brazos de plata en un abrazo tenso; y lo miramos mientras fluye, siempre cantando, siempre susurrando, al encuentro de su rey, el mar—hasta que nuestras voces se apagan en el silencio, y las pipas se apagan—hasta que nosotros, jóvenes corrientes y cotidianos, nos sentimos extrañamente llenos de pensamientos, medio tristes, medio dulces, y no nos importa ni queremos hablar—hasta que reímos y, poniéndonos de pie, sacudimos la ceniza de nuestras pipas consumidas, y decimos «Buenas noches», y, arrullados por el chapoteo del agua y el murmullo de los árboles, nos quedamos dormidos bajo las grandes y silenciosas estrellas, y soñamos que el mundo vuelve a ser joven—joven y dulce como solía ser antes de que los siglos de zozobra y preocupación surcaran su hermoso rostro, antes de que los pecados y las necedades de sus hijos envejecieran su