juramentos rebuscados. Fueron levantadas en los días «en que los hombres sabían construir». Los duros ladrillos rojos no han hecho sino afianzarse con el tiempo, y sus escaleras de roble no crujen ni gimen cuando intentas bajarlas en silencio.
Hablando de escaleras de roble, me recuerda que hay una magnífica escalera de roble tallado en una de las casas de Kingston. Ahora es una tienda, en la plaza del mercado, pero evidentemente fue en su día la mansión de algún personaje importante.
Un amigo mío, que vive en Kingston, entró allí a comprar un sombrero un día y, en un momento de inconsciencia, se metió la mano en el bolsillo y lo pagó allí mismo.
El dependiente (conoce a mi amigo) se quedó naturalmente un poco desconcertado al principio; pero, recuperándose con rapidez y sintiendo que había que hacer algo para fomentar esta clase de cosas, le preguntó a nuestro héroe si le gustaría ver un poco de roble tallado antiguo y de buena calidad.
Mi amigo dijo que sí y el dependiente, acto seguido, lo condujo a través de la tienda y subió por la escalera de la casa.
Los balaustres eran una pieza de artesanía soberbia y toda la pared de la subida estaba revestida de paneles de roble, con una talla que habría hecho honor a un palacio.
Desde las escaleras, pasaron al salón, que era una habitación grande y luminosa, decorada con un papel de pared un tanto llamativo aunque alegre, sobre un fondo azul.
No había nada, sin embargo, que llamara la atención en la estancia, y mi amigo se preguntó por qué lo habían llevado allí.
El propietario se acercó al papel y lo golpeteó. Emitió un sonido a madera.