lo temprano que era, sentí cómo me adentraba con somnolienta placidez en un estado de ensoñación.
Pensé en Kingston, o «Kyningestun», como se llamaba antaño en los días en que los «kinges» sajones eran coronados allí.
El gran César cruzó el río en ese lugar, y las legiones romanas acamparon en sus laderas elevadas. César, al igual que, en años posteriores, Isabel, parece haberse detenido en todas partes: solo que él era más respetable que la buena reina Bess; no se alojaba en las tabernas.
Le chiflaba la hostelería a la Reina Virgen de Inglaterra. No queda apenas taberna de cierto atractivo en un radio de diez millas alrededor de Londres en la que, al parecer, no se haya asomado, o hecho alto, o dormido, en algún momento u otro.
Me pregunto ahora si, suponiendo que Harris, digamos, enmendara la vida y se convirtiera en un hombre grande y bueno, y llegara a primer ministro, y muriera, pondrían letreros en las tabernas que él había frecuentado:
«Harris se tomó un vaso de amarga en esta casa»; «Harris se tomó dos de escocés con soda aquí en el verano del 88»; «A Harris lo echaron de aquí a patadas en diciembre de 1886».
No, ¡habría demasiadas! Serían las casas en las que nunca había entrado las que se harían famosas.
«¡Única casa en el sur de Londres en la que Harris nunca se ha tomado una copa!»
La gente acudiría en masa para ver qué le pasaba.
¡Cuánto debió de haber odiado el pobre e imbécil rey Edwy a Kyningestun! El banquete de coronación había sido demasiado para él.