de navegación» de un figurín de moda francés. Era ridículo andar pavoneándose con ellos en cualquier lugar cerca de la tierra, el aire y el agua de verdad.
Lo primero fue que pensaron que el bote no estaba limpio. Les sacudimos todos los asientos y luego les aseguramos que sí lo estaba, pero no nos creyeron.
Una de ellas frotó el cojín con el dedo índice de su guante y le mostró el resultado a la otra, y ambas suspiraron y se sentaron con aire de primeros mártires cristianos que intentan ponerse cómodos contra la hoguera.
Uno se arriesga a salpicar un poco de vez en cuando al remar, y al parecer una gota de agua arruinaba aquellos trajes. La marca nunca se quitaba y el vestido quedaba manchado para siempre.
Yo daba la brazada. Hice cuanto pude. Levanté la palada unos sesenta centímetros, y me detenía al final de cada brazada para dejar