la gente hubiera emprendido el camino a casa y estuviera fuera del alcance de cualquier refugio, y que así acabarían más empapados que nunca. Pero ni una sola gota cayó, y terminó siendo un día magnífico, seguido de una noche preciosa.
A la mañana siguiente leeríamos que iba a ser un día «cálido, de bueno a muy despejado; mucho calor»; y nos vestiríamos con cosas ligeras, y saldríamos, y, media hora después de haber partido, empezaría a llover con fuerza, y se levantaría un viento helado, y ambas cosas continuaríamos de forma constante durante todo el día, y volveríamos a casa con resfriados y reumatismo por todo el cuerpo, y nos iríamos a la cama.
El tiempo es algo que me supera por completo. Nunca logro entenderlo. El barómetro no sirve para nada: es tan engañoso como la previsión del tiempo del periódico.
Había uno colgado en un hotel de Oxford en el que me alojé la pasada primavera, y, cuando llegué, señalaba «muy estable». Afuera estaba lloviendo a cántaros, y lo había estado haciendo todo el día; y yo no conseguía entender nada.
Golpeé el barómetro, este dio un salto y señaló «muy seco». El botones se detuvo al pasar y dijo que creía que se refería al día siguiente. A mí se me ocurrió que tal vez estuviera pensando en la antepenúltima semana, pero el botones dijo que no, que le parecía que no.
Lo golpeé de nuevo a la mañana siguiente, y subió todavía más, y la lluvia cayó más fuerte que nunca. El miércoles fui y lo volví a golpear, y el indicador giró hacia «buen tiempo», «muy seco» y «mucho calor», hasta que tropezó con el tope y no pudo avanzar más.