Tres inválidos—Sufrimientos de George y Harris—Una víctima de ciento siete enfermedades mortales—Recetas útiles—Cura para la afección hepática en los niños—Coincidimos en que estamos sobrecargados de trabajo y necesitamos descanso—¿Una semana en alta mar?—George sugiere el río—Montmorency pone una objeción—La moción original se aprueba por una mayoría de tres a uno.
Éramos cuatro: George, William Samuel Harris, yo mismo y Montmorency. Estábamos sentados en mi habitación, fumando y hablando de lo mal que nos sentíamos; mal desde un punto de vista médico, se entiende, por supuesto.
Todos nos sentíamos indispuestos y empezábamos a ponernos bastante nerviosos por ello.
Harris dijo que sentía unos ataques de vértigo tan extraordinarios de vez en cuando, que apenas sabía lo que hacía; y entonces George dijo que él también sufría de ataques de vértigo y que apenas sabía lo que hacía.
En mi caso, era el hígado el que andaba mal. Sabía que era mi hígado el que andaba mal, porque acababa de leer el prospecto de unas pastillas patentadas para el hígado, en el que se detallaban los diversos síntomas mediante los cuales un hombre podía saber cuándo su hígado andaba mal. Los tenía todos.
Es una cosa de lo más extraordinaria, pero jamás leo un anuncio de medicina patentada sin sentirme impulsado a la conclusión de que sufro de la enfermedad particular de que en él se trata, y en su forma más virulenta.