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nydus/Three Men in a BoatPublic
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V. La señora P. nos despierta

—No van a cruzar el Atlántico —intervino el muchacho de Biggs—; van a buscar a Stanley.

Por entonces se había congregado ya un grupo bastante pequeño, y la gente se preguntaba unos a otros qué pasaba.

Un sector (la parte joven y alocada de la multitud) sostenía que era una boda, y señalaba a Harris como el novio; mientras que los más mayores y reflexivos del vecindario se inclinaban por la idea de que era un entierro, y que yo probablemente era el hermano del difunto.

Por fin apareció un coche de punto vacío (es una calle donde, por regla general, y cuando no se necesitan, pasan coches vacíos a razón de tres por minuto, y rondan por ahí, y te estorban), y metiéndonos en él nosotros y nuestros bártulos, y largando a un par de amigos de Montmorency que al parecer habían jurado no abandonarlo jamás, nos alejamos entre los vítores de la multitud, mientras el muchacho de Biggs nos lanzaba una zanahoria para darnos buena suerte.

Llegamos a Waterloo a las once y preguntamos de dónde salía el tren de las once y cinco.

Por supuesto, nadie lo sabía; en Waterloo nunca nadie sabe de dónde va a salir un tren, ni a dónde va un tren cuando por fin sale, ni sabe nada en absoluto.

El maletero que llevó nuestras cosas creía que saldría del andén número dos, mientras que otro maletero, con quien debatió la cuestión, había oído el rumor de que saldría del número uno.

El jefe de estación, por su parte, estaba convencido de que saldría del de cercanías.

Para dar fin al asunto, subimos las escaleras y le preguntamos al jefe de estación, y él nos dijo que acababa de cruzarse con un hombre que decía haberlo visto en el andén número tres.

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