lo que le fuera posible alcanzar, la cuerda se escurriría y él caería deslizándose sobre el piano; se produciría un efecto musical realmente hermoso debido a la brusquedad con que su cabeza y su cuerpo golpearían todas las teclas al mismo tiempo.
Y la tía María diría que no permitiría que los niños se quedaran alrededor a escuchar semejante lenguaje.
Por fin, el tío Podger volvía a encontrar el sitio, ponía la punta del clavo sobre él con la mano izquierda y tomaba el martillo con la derecha. Y, con el primer golpe, se machacaba el dedo pulgar y dejaba caer el martillo, con un grito, sobre los dedos de los pies de alguien.
La tía María solía comentar con suavidad que, la próxima vez que el tío Podger fuera a clavar un clavo en la pared, esperaba que se lo avisara con tiempo, para poder hacer los arreglos necesarios e irse a pasar una semana con su madre mientras lo hacía.
—¡Oh!