Ni la carne de res ni las fresas con crema parecían contentas tampoco—parecían descontentas por decirlo así.
A las seis, fueron a decirle que la cena estaba lista. El anuncio no despertó en él ningún entusiasmo, pero sintió que había que desquitar parte de aquellas dos libras con cinco chelines, así que se aferró a los cabos y a otras cosas y bajó.
Un agradable olor a cebollas y jamón caliente, mezclado con pescado frito y verduras, lo recibió al pie de la escalerilla; y entonces el mayordomo se acercó con una sonrisa untuosa y dijo:
«¿Qué le pongo, caballero?»
—Sácame de esto —fue la débil respuesta.
Y lo subieron rápido, lo enderezaron hacia sotavento y lo dejaron ahí.
Durante los cuatro días siguientes llevó una vida sencilla y sin tacha a base de galletas de marino finas (quiero decir que las galletas eran finas, no el marino) y agua de seltz; pero, hacia el sábado, se vino arriba y optó por el té ligero y la tostada seca, y el lunes ya se estaba atiborrando de caldo de pollo.
Abandonó el barco el martes y, mientras este se alejaba del muelle navegando, lo contempló con nostalgia.
—Allí va —dijo—, allí va, con dos libras esterlinas de comida a bordo que me pertenecen y que no he probado.
Él dijo que si le hubiesen dado otro día pensaba que habría podido arreglarlo.
Así que me puse firme en contra del viaje por mar. No, según expliqué, por mi propia cuenta. Yo nunca he sido propenso a los mareos. Pero temía por George.