Harris siguió girando a la derecha, pero parecía un largo camino, y su primo dijo que suponía que era un laberinto muy grande.
—Oh, de los más grandes de Europa —dijo Harris.
—Sí, debe de serlo —respondió el primo—, porque ya hemos caminado buenas dos millas.
Harris empezó a encontrarlo bastante extrañísimo él mismo, pero resistió hasta que, por fin, pasaron junto a la mitad de un bollo de pan con pasas que estaba en el suelo, del cual el primo de Harris juró que se había percatado allí hacía siete minutos. Harris dijo: «¡Oh, imposible!», pero la mujer con el bebé dijo: «De eso nada», ya que ella misma se lo había quitado al niño y lo había tirado ahí, justo antes de encontrarse con Harris. Añadió además que ojalá nunca se hubiera cruzado con Harris, y expresó la opinión de que era un impostor. Eso enfureció a Harris, quien sacó su mapa y explicó su teoría.
—El mapa puede estar bastante bien —dijo uno de los miembros del grupo—, si sabes en qué parte de él estamos ahora.
Harris no lo sabía, y sugirió que lo mejor que podían hacer era volver a la entrada y empezar de nuevo.
Con respecto a la parte de empezar de nuevo no había mucho entusiasmo; pero en cuanto a la conveniencia de regresar a la entrada hubo total unanimidad, de modo que dieron media vuelta y siguieron a Harris de nuevo, en dirección contraria.
Pasaron unos diez minutos más, y entonces se encontraron en el centro.