“Roble —explicó—. Todo roble tallado, hasta el techo, exactamente igual que el que vio en la escalera”.
“¡Pero, gran César! hombre —expostuló mi amigo—; no querrás decir que has cubierto roble tallado con papel pintado azul, ¿verdad?”
—Sí —fue la respuesta—, fue un trabajo costoso. Por supuesto, primero tuve que forrarlo todo con friso de madera. Pero ahora la habitación se ve alegre. Antes era de un lúgubre espantoso.
No puedo decir que culpe del todo al hombre (lo cual es sin duda un gran alivio para su conciencia). Desde su punto de vista, que sería el del cabeza de familia medio, deseando tomarse la vida con la mayor ligereza posible, y no el de un maníaco de las tiendas de antigüedades, hay razón de su parte.
El roble tallado es muy agradable de contemplar y de tener en pequeña cantidad, pero es sin duda un tanto deprimente vivir rodeado de él, para aquellos cuya inclinación no va por ese camino. Sería como vivir en una iglesia.
No, lo triste en su caso era que él, a quien no le importaba el roble tallado, tuviera el salón revestido con él, mientras que la gente a la que sí le importa tiene que pagar precios desorbitados para conseguirlo. Parece ser la regla de este mundo. Cada cual tiene lo que no quiere, y los demás tienen lo que él sí quiere.
Los hombres casados tienen esposas y parece que no las quieren; y los jóvenes solteros claman que no pueden conseguirlas.
Los pobres que apenas pueden mantenerse a sí mismos tienen ocho hijos sanos.
Las parejas ricas y ancianas, sin nadie a quien dejar su dinero, mueren sin hijos.