Sin embargo, al poco rato, prevalecieron sentimientos menos egoístas. Pensé que ya padecía todas las demás enfermedades conocidas en la farmacología, así que me volví menos egoísta y decidí prescindir de la bursitis prerrotuliana. Al parecer, la gota, en su fase más maligna, se había apoderado de mí sin que yo me diera cuenta; y de zimosis, evidentemente, venía sufriendo desde la infancia. Después de la zimosis no había más enfermedades, así que deduje que no me pasaba nada más.
Me senté y me puse a meditar. Pensé en lo interesante que debía ser mi caso desde un punto de vista médico, ¡en qué gran adquisición me convertiría para una clase! Los estudiantes no tendrían necesidad de «visitar los hospitales» si me tuvieran a mí. Yo era un hospital en mí mismo. Lo único que tendrían que hacer sería darme una vuelta y, después de eso, sacar el título.
Luego me pregunté cuánto tiempo me quedaba de vida. Intenté examinarme. Me tomé el pulso. Al principio no me pude sentir ningún pulso en absoluto. Entonces, de repente, pareció dispararse. Saqué mi reloj y lo cronometré. Me dio ciento cuarenta y siete por minuto. Intenté palpar mi corazón. No pude sentir mi corazón. Había dejado de latir.
Desde entonces me ha dado por pensar que debió de estar ahí todo el tiempo, y debió de haber estado latiendo, pero no me lo explico. Me palpé todo el frente, desde lo que llamo mi cintura hasta la cabeza, y me recorrí un poco cada costado, y un trecho de la espalda. Pero no pude sentir ni oír nada.
Intenté mirarme la lengua. La saqué todo lo que pudo dar de sí, cerré un ojo e intenté examinarla con el otro. Solo pude ver la punta, y lo único que saqué en claro de aquello fue sentirme más seguro que antes de que tenía escarlatina.