Terminamos de vestirnos y, al llegar a los pequeños detalles, nos acordamos de que habíamos metido en la maleta los cepillos de dientes, el cepillo y el peine (ese cepillo de dientes mío va a ser mi muerte, lo sé), y tuvimos que bajar y sacarlos del fondo del bolso.
Y cuando hubimos hecho eso, George quiso los bártulos de afeitar. Le dijimos que tendría que pasar sin afeitarse aquella mañana, ya que no íbamos a desempacar aquel bolso otra vez por él, ni por nadie como él.
Él dijo:
“No seas absurdo. ¿Cómo voy a ir a la City así?”
Desde luego, era bastante duro para la City, ¿pero qué nos importaba a nosotros el sufrimiento humano? Como dijo Harris, a su manera ordinaria y vulgar, la City tendría que apechugar.
Bajamos a desayunar. Montmorency había invitado a otros dos perros a despedirlo, y estaban pasando el rato peleándose en el escalón de la puerta. Los calmamos con un paraguas y nos sentamos a comer chuletas y carne fría de res.
Harris dijo:
«Lo fantástico es tomarse un buen desayuno», y empezó con un par de chuletas, diciendo que se las comería mientras estuvieran calientes, ya que la carne de res podía esperar.
George se hizo con el periódico y nos leyó los fallecimientos por accidentes náuticos y el pronóstico del tiempo, el cual último profetizaba «lluvia, frío, húmedo a despejado» (cualquiera que sea esa cosa más espantosa de lo habitual en materia de tiempo), «tormentas locales ocasionales, viento del este, con depresión general sobre los condados centrales (Londres y Canal). Barómetro cayendo».