Dos personas tendrían que sujetar la silla, y una tercera le ayudaría a subir a ella y le sostendría allí, y una cuarta le alargaría un clavo, y una quinta le subiría el martillo, y él cogería el clavo y lo dejaría caer.
“¡Ya está!”, decía con tono agraviado, “ahora se ha ido el clavo”.
Y todos tendríamos que habernos arrodillado y suplicado por ello, mientras él se paraba en la silla, y gruñía, y quería saber si lo iban a tener allí toda la noche.
El clavo se acabaría encontrando, pero para entonces ya habría perdido el martillo.
“¿Dónde está el martillo? ¿Qué hice con el martillo? ¡Santo cielo! ¡Siete de ustedes, ahí parados con la boca abierta, y no saben qué hice con el martillo!”
Nosotros le encontrábamos el martillo, y entonces él ya le había perdido la pista a la marca que había hecho en la pared, donde iba a meterse el clavo, y cada uno de nosotros tenía que subirse a la silla, a su lado, para ver si podíamos encontrarla; y cada cual la descubría en un sitio distinto, y él nos llamaba tontos a todos, uno tras otro, y nos mandaba bajar.
Y cogía la regla, volvía a medir, y descubría que necesitaba la mitad de treinta y un pulgadas y tres octavos desde la esquina, e intentaba calcularlo de cabeza, y se volvía loco.
Y todos trataríamos de hacerlo de memoria, y todos llegaríamos a resultados distintos, y nos mofaríamos unos de otros. Y en el griterío general, el número original se olvidaría, y el tío Podger tendría que medirlo de nuevo.
Esta vez usaría un trozo de cuerda y, en el momento crítico, cuando el viejo tonto estuviera inclinado sobre la silla en un ángulo de cuarenta y cinco grados, e intentando alcanzar un punto a tres pulgadas más allá de