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nydus/Three Men in a BoatPublic
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VI. Kingston—Observaciones instructivas sobre la historia antigua de Inglaterra—Observaciones instructivas sobre el roble tallado y la vida en general—Triste

Quizá la cabeza de jabalí rellena de grageas no le sentó bien (a mí no me sentaría, lo sé) y ya había tenido suficiente vino de Xerez y aguamiel; así que se escabulló del ruidoso festín para robar una hora de tranquilidad a la luz de la luna con su amada Elgiva.

Tal vez, desde el ventanal, de pie y de la mano, estuvieran contemplando la serena luz de la luna sobre el río, mientras desde los lejanos salones flotaba el bullicioso jolgorio en ráfagas intermitentes de estrépito y tumulto apenas percibidos.

Entonces el brutal Odón y san Dunstan irrumpen a empujones en la apacible habitación, y lanzan groseros insultos a la reina de dulce rostro, y arrastran al pobre Edwy de vuelta al estridente bullicio de la pelea de borrachos.

Años más tarde, al estruendo de la música bélica, reyes sajones y juergas sajonas fueron enterrados uno al lado del otro, y la grandeza de Kingston se desvaneció por un tiempo, para resurgir una vez más cuando Hampton Court se convirtió en el palacio de los Tudor y los Estuardo, y las barcazas reales tensaban sus amarras en la orilla del río, y galanes de capas brillantes pavoneaban por las escalinatas acuáticas para gritar: «¡Hola, barquero! Válgame Dios, muchas gracias».

Muchas de las viejas casas de los alrededores hablan muy claramente de aquellos días en que Kingston era un municipio real, y nobles y cortesanos vivían allí, cerca de su Rey, y el largo camino hacia las puertas del palacio bullía todo el día de acero entrechocado y palafrenes briosos, de sedas y terciopelos crujientes, y de rostros hermosos. Las grandes y espaciosas casas, con sus ventanas ajimezadas y reticuladas, sus enormes chimeneas y sus tejados a dos aguas, exhalan el espíritu de los tiempos de calzas y jubones, de petos bordados con perlas y de

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