La cuestión de la comida—Objeciones al aceite de parafina como ambiente—Ventajas del queso como compañero de viaje—Una mujer casada abandona su hogar—Más previsiones para volcarse—Hago el equipaje—La maldita manía de los cepillos de dientes—George y Harris hacen el equipaje—Horrible comportamiento de Montmorency—Nos retiramos a descansar.
Luego discutimos la cuestión de la comida. George dijo:
«Empecemos por el desayuno» (George es tan práctico). «Ahora bien, para el desayuno necesitaremos una sartén» —(Harris dijo que era indigestible; pero nosotros nos limitamos a instarle a que no fuera imbécil, y George continuó)— «una tetera, una katiuska y un hornillo de alcohol desnaturalizado».
—Sin aceite —dijo George, con una mirada significativa; y Harris y yo estuvimos de acuerdo.
Habíamos llevado una estufa de petróleo una vez, pero «nunca más». Aquella semana había sido como vivir en una droguería. Chorreaba. Nunca había visto una cosa que chorreara tanto como el aceite de parafina. Lo guardábamos en la proa de la embarcación y, desde allí, se iba filtrando hasta el timón, impregnando por el camino todo el bote y cuanto había en él; y se esparcía por el río, saturaba el paisaje y arruinaba la atmósfera. A veces soplaba un viento aceitoso del oeste, otras veces un viento aceitoso del este, y a veces soplaba un viento aceitoso del norte, o tal vez