deambulaban al impulso de los vientos del este por aquellos picos purpureantes, y rodaban por los prados y riberas hasta fundirse con la niebla helada del arroyo. Aquel mismo arroyo era entonces un torrente, turbio e indomable: desgarraba el bosque y lanzaba un sonido furioso a través del aire, a menudo espeso por la lluvia salvaje o el aguanieve torrencial; y en cuanto al bosque de sus orillas, este solo mostraba filas de esqueletos.
Abril dio paso a mayo: un mayo brillante y sereno fue; días de cielo azul, plácida luz solar y suaves vendavales del oeste o del sur colmaron su duración.
Y ahora la vegetación maduraba con vigor; Lowood sacudía sus guedejas; se volvía todo verde, todo florido; sus grandes esqueletos de olmo, fresno y roble cobraban una vida majestuosa; plantas del bosque brotaban profusamente en sus rincones; incontables variedades de musgo llenaban sus hondonadas, y creaba un extraño sol terrestre con la riqueza de sus plantas de primula silvestre: he visto su pálido brillo dorado en lugares ensombrecidos como jirones del más dulce fulgor.
Todo esto lo disfruté a menudo y plenamente, libre, sin vigilancia y casi sola: de esta insólita libertad y este placer había una causa, a la cual ahora me toca referirme.
¿No he descrito acaso un sitio agradable para una vivienda, al hablar de ella como abrigada entre colinas y bosques, y levantándose desde la orilla de un arroyo?
Ciertamente, bastante agradable: pero si saludable o no, es otra cuestión.
Aquel valle boscoso, donde se encontraba Lowood, era la cuna de la niebla y de las pestilencias engendradas por