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Capítulo XXIV

fijó en una rica seda del tinte amatista más brillante y en un soberbio satén rosado. Le dije en una nueva tanda de susurros que bien podía comprarme de una vez un vestido de oro y un sombrero de plata: sin duda jamás me atrevería a ponerme lo que él eligiera. Con infinita dificultad, pues era terco como una piedra, lo persuadí para que hiciera un cambio en favor de un sobrio satén negro y una seda gris perla. «Podría pasar por el momento —dijo—, pero aún me vería brillar como un parterre».

Me alegró sacarlo del almacén de sedas y, luego, de una joyería: cuanto más me compraba, más me ardían las mejillas con una sensación de fastidio y humillación. Al volver a entrar en el carruaje, y sentarme hacia atrás afiebrada y agotada, recordé lo que, en el ajetreo de los acontecimientos, oscuros y brillantes, había olvidado por completo: la carta de mi tío, John Eyre, a la señora Reed; su intención de adoptarme y hacerme su heredera. «Sería, en verdad, un alivio —pensé—, si tuviera una independencia, por pequeña que fuera; nunca soportaré que el señor Rochester me vista como a una muñeca, ni estar sentada como una segunda Dánae con la lluvia de oro cayendo a diario a mi alrededor. Le escribiré a Madeira en cuanto llegue a casa, y le diré a mi tío John que voy a casarme, y con quién: si tan solo tuviera la perspectiva de aportarle un día al señor Rochester un incremento de fortuna, podría soportar mejor que me mantenga ahora». Y, algo aliviada por esta idea (que no dejé de llevar

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