pesar de su fingida indiferencia, concedía una importancia excesiva a las revelaciones que se le hubiesen hecho.
Mientras tanto, Mary Ingram, Amy y Louisa Eshton declararon que no se atrevían a ir solas; y, sin embargo, todas deseaban ir. Se abrió una negociación por mediación del embajador, Sam; y tras muchos idas y venidas, hasta que, a mi juicio, a dicho Sam debieron de dolerle las pantorrillas con el ejercicio, se le arrancó por fin, con gran dificultad, permiso a la rigurosa Sibyl para que las tres se presentaran ante ella en grupo.
Su visita no fue tan silenciosa como lo había sido la de la señorita Ingram: oímos risitas histéricas y pequeños alaridos que provenían de la biblioteca; y al cabo de unos veinte minutos abrieron la puerta de par en par y salieron corriendo por el vestíbulo, como si estuvieran medio muertos de susto.
“¡Estoy segura de que hay algo que no anda bien en ella!”, exclamaron a coro. “¡Nos contó unas cosas! ¡Lo sabe todo sobre nosotros!”, y cayeron sin aliento en los diversos asientos que los caballeros se apresuraron a traerles.
Apremiadas a dar más explicaciones, declararon que les había hablado de cosas que habían dicho y hecho cuando eran niñas muy pequeñas; describió libros y adornos que tenían en sus tocadores en casa: recuerdos que distintos parientes les habían regalado.
Afirmaron que incluso les había adivinado los pensamientos, y le había susurrado al oído a cada una el nombre de la persona que más le gustaba en el mundo, y les había informado de lo que más deseaban.
Aquí interpusieron los caballeros sinceras súplicas para ser más instruidos en estos dos últimos puntos mencionados; pero solo obtuvieron sonrojos, exclamaciones, temblores y risitas a cambio de su importunidad.