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XXI

el pañuelo y se sonó la nariz durante la hora siguiente; Eliza permaneció fría, impasible y asiduamente laboriosa.

El sentimiento verdadero y generoso es tenido en poco por algunos, pero aquí había dos naturalezas vueltas, la una intolerablemente acre, la otra despreciablemente insípida por la falta de él.

El sentimiento sin juicio es, en verdad, un brebaje aguado; pero el juicio no templado por el sentimiento es un bocado demasiado amargo y áspero para la deglución humana.

Era una tarde húmeda y ventosa: Georgiana se habíase dormido en el sofá sobre la lectura de una novela; Eliza había ido a asistir a un servicio del día de los santos en la nueva iglesia —pues en cuestiones de religión era una formalista rígida: ningún tiempo impedía el cumplimiento puntual de lo que consideraba sus deberes devocionales; hiciese bueno o malo, iba a la iglesia tres veces todos los domingos, y los días laborables tantas veces como hubiese oraciones.

Me acordé de subir y ver cómo seguía la mujer moribunda, que yacía allí casi desatendida; hasta los criados le prestaban una atención intermitente: la enfermera contratada, al ser vigilada de raras veces, se escurría de la habitación siempre que podía. Bessie era fiel, pero tenía su propia familia de la que ocuparse y solo podía venir de vez en cuando a la mansión. Encontré la habitación de la enferma sin vigilancia, tal como había esperado: no había enfermera alguna; la paciente yacía inmóvil y al parecer letárgica, con el rostro lívido hundido en las almohadas; el fuego se iba apagando en la chimenea. Añadí combustible, acomodé la ropa de cama, contemplé un momento a aquella que

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