Aún los estaba mirando, y examinando también de cuando en cuando a los profesores—a ninguno de los cuales hallaba del todo de mi agrado; pues el regordete era un tanto grosero, el moreno no poco fiero, la extranjera áspera y grotesca, y la señorita Miller, ¡pobre!, parecía amoratada, curtida por la intemperie y sobrecargada de trabajo—cuando, al ir desviando mi vista de un rostro a otro, toda la escuela se levantó al unísono, como movida por un resorte común.
¿Qué pasaba? No había oído ninguna orden: estaba desconcertada. Antes de haber recuperado el juicio, las clases volvían a estar sentadas; pero como todas las miradas se dirigían ahora a un punto, las mías siguieron la dirección general y se encontraron con el personaje que me había recibido anoche. Estaba de pie al fondo de la larga sala, junto al hogar, pues había una chimenea en cada extremo; examinaba a las dos hileras de niñas en silencio y con gravedad. La señorita Miller, al acercarse, pareció hacerle una pregunta y, habiendo recibido su respuesta, volvió a su puesto y dijo en voz alta:
“¡Monitor de primera clase, trae los globos terráqueos!”
Mientras se ejecutaba la orden, la dama a quien se había consultado avanzó lentamente por la sala. Supongo que tengo un considerable órgano de la veneración, pues aún conservo el sentimiento de asombro admirativo con que mis ojos siguieron sus pasos. Vista ahora, a plena luz del día, parecía alta, clara de tez y bien formada; unos ojos castaños con una luz benigna en el iris, y un fino trazo de largas pestañas alrededor, realzaban la blancura de su amplia frente; a ambos lados de las sienes, su cabello, de un castaño muy oscuro, se agrupaba en rizos redondos, según la moda de aquellos tiempos, en que ni las bandas lisas ni los tirabuzones largos estaban en boga; su vestido, también a la usanza de la época, era de paño morado, realzado por una especie de pasamanería española de terciopelo negro; un reloj de