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VII

delicioso añadido de una fina capa de mantequilla: era el capricho semanal que todos esperábamos de un domingo a otro. Por lo general, me ingeniaba para reservarme la mitad de este generoso banquete; pero del resto me veía indefectiblemente obligada a deshacerme.

El domingo por la tarde se pasó repitiendo de memoria el catecismo de la Iglesia y los capítulos quinto, sexto y séptimo de san Mateo; y escuchando un largo sermón leído por la señorita Miller, cuyos bostezos irreprimibles daban fe de su cansancio.

Un interludio frecuente de estas actuaciones consistía en la representación del papel de Eutico por media docena de niñas pequeñas que, vencidas por el sueño, se caían, si no del tercer piso, al menos del cuarto banco, y eran levantadas medio muertas.

El remedio consistía en empujarlas hacia el centro de la sala de estudio y obligarlas a permanecer allí de pie hasta que terminara el sermón. A veces les fallaban las piernas y se desplomaban en un montón; entonces las apuntaban con los taburetes altos de las monitoras.

Aún no he aludido a las visitas del Sr. Brocklehurst; y, en efecto, ese caballero estuvo ausente durante la mayor parte del primer mes tras mi llegada, tal vez prolongando su estancia con su amigo el arcediano: su ausencia supuso un alivio para mí. No hace falta decir que tenía mis propios motivos para temer su llegada; pero al fin llegó.

Una tarde (llevaba entonces tres semanas en Lowood), mientras estaba sentada con una pizarra en la mano, devanándome los sesos con una división larga, mis ojos, alzados con abstracción hacia la ventana, captaron la silueta de alguien que acababa de pasar: reconocí casi por instinto aquel perfil desgarbado; y cuando, dos minutos después, toda la escuela, profesoras incluidas, se puso en pie en masse, no me hizo falta levantar la vista para comprobar a quién saludaban de aquel modo. Una

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