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I. Jane Eyre

malsana; rasgos toscos en un rostro amplio, extremidades pesadas y manos y pies grandes. Se atiborrada habitualmente en la mesa, lo que lo ponía bilioso, y le daba una mirada apagada y lagañosa, y mejillas fofas. Ya debería haber estado en el colegio; pero su mamá lo había llevado a casa por uno o dos meses, «debido a su delicada salud». El señor Miles, el director, afirmaba que le iría muy bien si le mandasen menos pasteles y dulces desde casa; pero el corazón de la madre se apartaba de una opinión tan severa y se inclinaba más bien hacia la idea más sutil de que la palidez de John se debía a un exceso de estudio y, tal vez, a la morriña por el hogar.

John no sentía mucho afecto por su madre y sus hermanas, y me tenía antipatía. Me tiranizaba y castigaba; no dos o tres veces por semana, ni una o dos veces al día, sino continuamente: cada uno de mis nervios le temía, y hasta el último jirón de carne en mis huesos se encogía cuando él se acercaba.

Había momentos en que me sentía anonadada por el terror que inspiraba, porque no tenía recurso alguno contra sus amenazas ni contra sus castigos; a los criados no les gustaba ofender a su joven amo tomando mi parte contra él, y la señora Reed era ciega y sorda en este asunto: jamás le veía golpearme ni le oía insultarme, aunque hacía ambas cosas de vez en cuando en su propia presencia, y con mayor frecuencia, sin embargo, a sus espaldas.

Habitualmente obediente a John, me acerqué a su silla: él pasó unos tres minutos sacándome la lengua todo lo que pudo sin dañarse la raíz; sabía que pronto golpearía y, mientras temía el golpe, reflexionaba sobre el aspecto repugnante y feo de quien pronto lo propinaría. Me pregunto si leería esa idea en mi rostro; pues, de repente, sin decir nada, golpeó de forma repentina y fuerte. Tambaleé, y al recuperar el equilibrio me retiré un paso o dos de su silla.

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