La comprendí muy bien, pues estaba acostumbrado a la lengua fluida de Madame Pierrot.
—Ojalá —continuó la buena señora—, le hicieras un par de preguntas sobre sus padres: me pregunto si los recordará.
—Adèle —le pregunté—, ¿con quién vivías cuando estabas en esa bonita y limpia ciudad de la que hablaste?
“Yo viví hace mucho tiempo con mamá; pero ella se ha ido a la Santísima Virgen. Mamá solía enseñarme a bailar y a cantar, y a decir versos. Una gran cantidad de caballeros y damas venían a ver a mamá, y yo solía bailar ante ellos, o sentarme en sus rodillas y cantarles: me gustaba. ¿Quieres que te deje oírme cantar ahora?”
Había terminado de desayunar, así que le permití dar una muestra de sus logros. Bajando de su silla, vino y se acomodó en mis rodillas; luego, cruzando sus manitas con fingido recato, echando atrás sus rizos y levantando los ojos hacia