zancada larga recorrió la sala de estudio y, al poco rato, junto a la señorita Temple, que también se había levantado, se encontraba la misma columna negra que me había fruncido el ceño de forma tan ominosa desde la alfombra de Gateshead. Dirigí entonces una mirada de soslayo a aquella pieza de arquitectura. Sí, estaba en lo cierto: era el señor Brocklehurst, embutido en una levita y con un aspecto más alargado, estrecho y rígido que nunca.
Tenía mis propias razones para aterrorizarme ante esta aparición; demasiado bien recordaba las pérfidas insinuaciones hechas por la señora Reed sobre mi carácter, etcétera; la promesa empeñada por el señor Brocklehurst de informar a la señorita Temple y a las profesoras sobre mi naturaleza viciosa. Durante todo ese tiempo había estado temiendo el cumplimiento de esta promesa; había estado esperando a diario al «hombre providencial», cuya información respecto a mi vida pasada y mi conducta iba a marcarme como una niña mala para siempre: pues bien, allí estaba.
Él se quedó de pie al lado de la señorita Temple; le hablaba en voz baja al oído: no dudaba de que estaba revelando mis villanías; y observé sus ojos con dolorosa angustia, esperando a cada momento ver que su oscura pupila se volvía hacia mí con una mirada de repugnancia y desprecio.
Yo también escuchaba; y, como casualmente estaba sentada muy arriba en la sala, capté la mayor parte de lo que decía: su sentido me libró de la aprehensión inmediata.
“Supongo, señorita Temple, que el hilo que compré en Lowton servirá; se me ocurrió que tendría justo la calidad para las camisas de calicó, y elegí las agujas a juego. Puede decirle a la señorita Smith que olvidé hacer una nota sobre las agujas de zurcir, pero se le enviarán algunos paquetes la semana que viene; y que no debe, bajo ningún concepto, entregar más de una a la vez a cada alumna: si tienen más, tienden a ser descuidadas y