de una simpatía entre vos y vuestro adusto y malhumorado amo, Jane; pues era asombroso ver con qué rapidez una cierta sosiega placentera aquietaba vuestros modales; por mucho que yo gruñera, no mostrasteis asombro, temor, molestia ni desagrado ante mi arisca condición; me observábais y, de cuando en cuando, me sonreísteis con una gracia sencilla a la vez que sagaz que no puedo describir. Me sentí a la vez satisfecho y estimulado por lo que vi; me gustó lo que había presenciado y deseaba presenciar más. Sin embargo, durante mucho tiempo os traté con distanciamiento y busqué vuestra compañía en raras ocasiones. Yo era un epicúreo intelectual y deseaba prolongar la gratificación de hacer esta nueva y sutil amistad; además, me aquejó por un tiempo el temor persistente de que, si manoseaba con libertad la flor, su lozanía se marchitaría: el dulce encanto de la frescura la abandonaría. No sabía yo entonces que no se trataba de una flor efímera, sino más bien de la radiante semejanza de una, tallada en una gema indestructible. A más de eso, deseaba averiguar si me buscaríais en caso de esquivaros; mas no lo hicisteis; os mantuvisteis en el aula tan quieta como vuestro propio pupitre y vuestro caballete; si por casualidad os encontraba, pasabais de largo tan pronto y con tan escasa muestra de reconocimiento como era compatible con el respeto. Vuestra expresión habitual en aquellos días, Jane, era una mirada pensativa; no abatida, pues no estabais enfermiza; pero tampoco alegre, puesto que teníais pocas esperanzas y ningún placer real. Me preguntaba qué pensaríais de mí, o si llegabais a pensar en mí, y me propuse averiguarlo.
“Volví a reparar en ti. Había algo alegre en tu mirada, y afable en tus modales, cuando conversabas: vi que tenías un corazón sociable;